lunes, 21 de mayo de 2018

Les presento a Salvador, mi hijo.


Solo un mes más, y Salvador cumplirá 9 años de edad.  Quién diría que hoy, mi hijo es un muy buen deportista, competitivo, responsable, perseverante, empeñoso y sobre todo muy disciplinado.

Disfruto mucho cuando él se vacila mucho nadando y practicando karate, arte marcial que la viene aprendiendo desde los 3 años cuando era muy difícil el aprender, con él, a conocer y convivir con su condición de autismo de alto funcionamiento.

Y no necesito hacer mucha memoria, recuerdo muy bien sus rutinas, sus preferencias, sus ruidos guturales (demoró mucho en adquirir su lenguaje), su terquedad e intransigencia, sus manías y una larga lista de particularidades que tan sólo sirvieron para ir moldeando en él los espacios necesarios y sobre todo sus tiempos en los que muy a su estilo, se desenvuelve.

Salvador, es tan franco e inocente que a veces parece que ese será su talón de Aquiles; sin embargo, luego recuerdo que me dijeron que no sería sociable, que le costaría correr, saltar y un sinnúmero de cosas, que ahora me digo a mí misma... “sólo dejen que pase el tiempo y verán lo grande que será mi hijo.”

Todo viene siendo un reto para mi hijo.  Se aferró tanto a la vida desde que me lo pusieron junto a su hermanito en el proceso de fecundación in vitro.  Y digo reto porque, aunque perdí a uno, pusimos todo de nosotros, Salvador y yo, en todos esos 6 meses sin levantarme de mi cama para lograr que todo salga bien.

Serían estos 6 meses, el inicio de nuestra gran maratón de vida. Digamos que un entrenamiento para afrontar con fe, amor y mucha paz, el mundo neurodiverso que venía con mi hijito.

Y después de 31 semanas, a las siete en punto de la mañana, su llantito finito, muy, pero muy agudo y largo, dieron inicio a su vida fuera de mi panza.   ¡Qué tales ojazos y qué sublime fue poder conocerlos!

Y entonces me pregunto: ¿no es un niño normal? ¿Se podrá casar y tener hijos? ¿Trabajará? ¡UFFF! sin duda, un rosario de preguntas inmersas en sin sabores, tristezas y muchos miedos.

Y lo plasmo así porque son las reacciones de muchos ante un diagnóstico autista. De pronto, el ideal de niño se desvanece y el desconocimiento hace armar erradas conjeturas.

Por ello, me permito contarles mi experiencia en estos más de 9 años en los que Salvador no hace más que demostrarme que las ganas de progresar y la ilusión de soñar despierto, son los pilares en un mundo neurodiverso.

Si aprender a ser mamá es ya una gran tarea, aprender a serlo, pero de una personita autista es una ardua labor.  Sin embargo, mirarlo cada amanecer feliz y diciendo la fecha exacta y toda su lista de pendientes y labores, me hace más feliz, porque eso precisamente eso de lo que carecemos la mayoría, de la fuerza y deseo de superación.

Salvador tiene su sonrisa mágica y llena de una luz muy intensa.  Sus abrazos tan suavecitos.  Y su esquiva mirada, esa que cuando tiene la confianza del caso, llega a atravesar el alma de quien la cruce.

Sus palabras son tan concretas y maduras que dejan meditando.  Y esa manera tan suya de alegar sus respuestas y empecinarse en querer para ayer las soluciones.

Así es Salvador Tadeo.  Un niño sin miedo a saberse autista.  Un niño que al reconocerse como tal, simplemente nos viene dando lecciones imborrables de cómo hacerse camino al andar. 

Esta será su historia, la misma que ambos queremos difundir para que sirva de orientación y pueda llegar a transmitir conocimiento del Mundo Autista.

"Es solo que yo soy un poco lento para algunas cosas; es solo que no me gusta esperar mi turno; es que es un problema que no me entiendan.  Yo sólo quiero saber sin demorarme.", dice Salvador. Su vehemencia innegable, pero su amor es tangible.


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